Till había regentado uno de los locales nocturnos de más exito de Suiza, y había vuelto después a Alemania con su nueva mujer adquirida en el país neutro, para llevar un restaurante que más tarde le reportó incluso una medalla al mérito por parte del gobierno alemán. Deprimido después del abandono de su mujer, vendió el restaurante por un precio ridículo. Cuando la palabra 'ridiculous' salía por su boca, la mueca de la cara se la acentuaba al máximo, como si todavía le doliese en el alma. Todo el material del restaurante lo mantiene en un contenedor en Croacia, donde tiene pensado reanudar su vida empresarial, siempre y cuando el periplo neozelandés no le haga cambiar de opinión. Está trabajando en el Kimi Ora Spa Resort en el que estamos nosotros estos días, regentado por Dietmar y Bárbara, alemanes también, que parece que le han dado una oportunidad a Till, pasada la cuarentena, de tomarse un tiempo de reflexión mientras trabaja relajadamente allí. Nos ha caido bien el alemán pringao.
Como todo, el Resort tiene sus ventajas e inconvenientes a la hora de wwoofear en él. Por un lado una hora más de curro al día que en el resto, y unas instalaciones para dormir/vivir un poco peores que en el resto de sitios en los que hemos estado. Otro punto en contra es que el restaurante del resort y en el que nosotros comemos también es vegetariano. Para contrarrestarlo nos hemos ido hoy a Motueka a meternos un chuletón de medio kilo para cenar, por si nos pasaba algo con tanto verde. Además de ello, el trabajo que desempeñamos aquí no nos termina de gustar. Sin ir más lejos, nos toca currar en la cocina del restaurante fregando platos y lmpiándola, dejando el trabajo de jardinería que se supone que íbamos a desarrollar en un principio a un lado.
Los dueños y wwoofers en su mayoría son alemanes, y para alemanes nos vamos a Alemania, aquí lo que queremos es conocer kiwis, que además son bastante más majos. Hay un francés, que lleva 3 años viajando por el mundo, concretamente India, Nepal, NZ y ahora va a Mongolia. El tipo es budista, claro, aunque no sabemos si venía así de serie o se convirtió en Nepal. Por aquí le llamamos 'the Monk', el Monje. Toca el piano, y todos los días le da un rato en uno que hay en el restaurante. Un día, unas notas salidas del piano nos hicieron ponernos a bailar. Era una melodía que perfectamente podría encajar dentro de la banda sonora de Amelie. Pues bien, el compositor no era otro que el propio pequeño monje gabachín. Otra no-alemana es una maorí que hace los masajes, no sabría decir si el hecho de ser maorí es un punto a favor o en contra a la hora de hacer masajes. Otro tipo bastante peculiar que hemos conocido aquí es un peruano, el cual debió robarle el bigote a mi padre hace 20 años para no devolvérselo nunca.
La parte positiva de estar aquí es bastante evidente, tenemos acceso gratuito a todas las instalaciones (salvo maorí-masajes) siempre y cuando no haya clientes utilizándolas. Nosotros ponemos cara de clientes y las utilizamos cuando nos da la gana. Ésto sería algo parecido al Rancho Relaxo.
En Nueva Zelanda pasa algo curioso. Nunca fue víctima de las grandes enfermedades mundiales que asolaron otros lugares, debido a que nunca llegaban los virus aquí. Los enfermos que las podían transmitir o bien morían en el largo y pesado trayecto o pasaban la cuarentena, con lo que llegaban sanotes aquí. Bueno, pues algo parecido debió pasarle al ritmo, aquí no ha llegado. Es dificil describir un espectáculo como el que presenciamos en un bar de Kaiteriteri, pueblo anexo al Resort que nos aloja. Supongo que lo más parecido sería decir que un grupo de kiwis cuarentones trataban de espantar las cansinas sandflies (moscas de la arena) mientras sonaban canciones de Abba interpretadas por un hombre orquesta que seguramente no se había visto en una igual en su vida. A todo esto, los kiwis no dejan de ser hijos de la Gran Bretaña, con lo que sus mofletes se iban enrojeciendo a cada cerveza ingerida y a cada goterón de sudor expulsado.
En nuestro día libre semanal nos fuimos a hacer kayaking por Abel Tasman, de manera que pudimos llegar a playas que sólo son accesibles por mar. Hasta el momento las mejores playas que hemos podido disfrutar por aquí. Así que tenemos planeado volver a hacerlo, pero ésta vez dos días, de manera que podamos pasar la noche acampando en una de esas playas paradisiacas. Ya os contaremos. No obstante el Resort no encaja con lo que nosotros buscamos en ésta aventura por tierras neozelandesas. Así que nos vamos de aquí, un poco más al sur, en Motueka Valley, donde nos esperan Ana y Roy y su hijo en la edad del pavo Leon.
PD : En nuestra granja actual no tenemos internet, y hemos estado incomunicados por un vientaco. Nueva Zelanda es asin!!







